Llegas a una edad en la que sientes que has madurado, que tu nivel de autoconsciencia te permite gestionar tus emociones y caminar por la vida de forma desahogada, más tranquila, serena, y más eficaz en las relaciones interpersonales.

Te has ido de casa, eres autónoma/o económica y emocionalmente. Has sido capaz de mantener una relación estable y un día… Te da por tener niños y se te cae todo el edificio…

Ya sólo el baile hormonal de embarazo, parto y postparto te echan a la cara todas tus “deficiencias”, por si las habías olvidado 😉 y si eres hombre, seguro que también se mueven cosas dentro de ti con tanto cambio ¿no?

Y resulta que hay una criatura que te importa más de lo que nunca te ha importado nadie y que cambia tus intereses y tu forma de vivir y, por si fuera poco, tu forma de sentirte…

Yo pensaba que sabía lo que eran los celos; pero no, no hasta que vi la cara de mi hijo de dos años pensando que compartía con su hermana recién nacida los momentos que eran sólo suyos…

Yo pensaba que conocía el estrés; pero no, no hasta que la falta de sueño crónica hace estragos en mí, mientras tengo que trabajar, llevar la casa, atender a los niños, y un largo etc.

Yo pensaba que sabía lo que era la impotencia; pero no, no hasta que ves volver a tu hijo apaleado del cole cada día…

Yo pensaba que sabía lo que era sentirse vulnerable, pero no, nunca he sido tan vulnerable como desde que tengo niños, todo lo fuerte que soy es nada cuando a ellos les puede pasar algo…

Yo pensaba que sabía auto controlarme, pero no, no cuando paso algunas horas con ellos y están revolucionados…

Yo pensaba que conocía el amor, y sí, vale, pero eso de estar mirando a un bebe con cara de boba y que se te escapen las lágrimas una y otra vez, eso no me había pasado nunca…

Yo pensaba que conocía la alegría, pero esta alegría que te dan los niños es distinta… Seguramente es mayor porque a veces la siento en la tripa o en el corazón…

Tener hijos y criarlos, es el mayor desafío al que me he enfrentado, y no creo que exista nada parecido, porque no es un desafío puntual, es cada día, cada año y no termina (o yo no le veo fin, aun son pequeños) es todas las horas del día y es también en vacaciones. Es algo que no puedes cambiar pero que te cambia todo.

Y cuando tu mundo se pone del revés, o creces o mueres en el intento, maduras más, quieras o no, desarrollas habilidades nuevas, y se hace más importante que nunca ser la mejor versión de ti mismo, te transformas…

¡¡Muy buena vuelta al cole!!