El cerebro no está diseñado para que seamos felices, está diseñado para la supervivencia.

Ahora puede que no veamos su utilidad pero sin duda hemos sobrevivido como especie gracias a estar constantemente escaneando nuestro entorno en busca de amenazas para nuestra vida. La mayoría de las personas que vivimos en sociedades estructuradas no solemos encontrarnos habitualmente con situaciones que sean una amenaza real a nuestra supervivencia, puede que incluso podamos vivir toda la vida sin haberlas experimentado realmente, pero eso no cambia el diseño y función principal de nuestro cerebro. Es nuestra herencia, con el avance de las neurociencias comenzamos a entender mejor cómo funciona nuestro cerebro, cuyas posibilidades todos creemos intuitivamente que desaprovechamos.

Hay dos aspectos importantes en cómo nos limita el funcionamiento cerebral a la hora de ser felices.
  • El primero es la tendencia del cerebro a la detección de amenazas, de lo negativo, lo peligroso, lo problemático… Cuando la psicología positiva lanza el mensaje de que nos fijemos en las cosas buenas, está dando una instrucción contraria a nuestro “programa mental”, esto no quiere decir que sea imposible, es sólo que no es muy fácil, hay que aprender a remar contracorriente hasta que se consoliden nuevos circuitos neuronales.

Imagina, por ejemplo, que tienes una entrevista de trabajo, empiezas a pensar en las cosas que pueden salir mal, en cómo puedes meter la pata con algún cometario, en que a lo mejor no le caes bien al entrevistador, en los puntos débiles de tu cv, etc. Esto puede elevar tu nivel de estrés, tu cerebro puede decidir que esa entrevista es definitivamente una amenaza. Y además, puedes enfadarte contigo mismo/a por estar pensando en lo negativo.

  • El segundo es la tendencia del cerebro al ahorro de energía. Para no consumir demasiada energía, nuestro cerebro prioriza la rapidez por encima de la calidad en nuestros juicios y en nuestra toma de decisiones. Esto nos hace prejuzgar a las personas, etiquetarlas en cuanto las vemos, también las situaciones, los sentimientos… Todo. Y si no estamos al tanto, nos hace tomar decisiones precipitadas que no son necesariamente las que más nos convienen. Nos hace focalizarnos en un problema y perder la perspectiva, preocuparnos de asuntos que no está en nuestra mano solucionar, etc.

Y por si esto fuera poco, el funcionamiento del cerebro se deforma para adaptarse a las psicopatologías. Comparar el cerebro con un ordenador no es un símil perfecto, pero todos entendemos que por más potente que sea un ordenador, si el software está deteriorado, poco se pueden aprovechar las capacidades o potencialidades de dicho ordenador.

Podemos tener un cerebro excepcional pero si contamos con un software mental pobre o limitado, el resultado será pobre y limitado. Si  miramos alrededor, o examinamos las grandes figuras de la historia, parece que muchas personas con cerebros privilegiados, tienen una existencia atormentada. Las terapias psicológicas de tercera generación sostienen, por ejemplo, que una elevada capacidad lingüística conlleva una mayor tendencia al sufrimiento y la preocupación por las cosas que “nos pueden llegar a pasar”. Y en mi experiencia, esto es absolutamente cierto. También observo que muchas personas tremendamente intuitivas y sensibles, están más desequilibradas (o les cuesta más equilibrarse) precisamente por tener estas capacidades incrementadas. A priori no parece tener sentido que así sea pero si volvemos a lo esencial, que el cerebro es el gran detector de amenazas, entendemos que una mayor capacidad del cerebro, la que sea, nos hace advertir más señales preocupantes y nos dificulta mucho más ser felices.

Así que el cerebro nos dificulta el ser felices; pero no lo hace imposible. Es sólo que cuesta un poco más de lo esperado… Y tal vez, tomar consciencia de cómo nos limita, nos puede dar una pista de cómo seguir avanzando.